Durante la última semana, se desarrolló el Foro Económico Mundial (WEF 2026) en Davos, Suiza. Más allá de los temas económicos tradicionales como inversiones, sostenibilidad y digitalización, el tema diplomático que dominó el encuentro fue la polémica por Groenlandia y la posición asumida por Estados Unidos y sus aliados.
Donald Trump reafirmó en Davos su objetivo de que EE. UU. tenga un rol central sobre Groenlandia, alegando motivos de “seguridad de Occidente” y defensa estratégica del Ártico. Aunque Trump planteó inicialmente amenazas de aranceles y sugerencias coercitivas, no obstante, durante el foro aseguró que no recurrirá a la fuerza militar para hacerse con Groenlandia. Ante esta situación, líderes europeos rechazaron con firmeza cualquier intento de EE. UU. de ejercer control territorial sobre Groenlandia, haciendo énfasis en que la soberanía de la isla danesa es una “línea roja” inviolable.
Asimismo, la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, abogó por que la Unión Europea reduzca su dependencia de Estados Unidos, incluso planteando una posición de “independencia estratégica” ante amenazas económicas o políticas. En esa línea, Mark Carney (primer ministro de Canadá) cuestionó directamente la vigencia del orden internacional post-Segunda Guerra Mundial, afirmando que “la ruptura del orden mundial es un hecho” y que “el orden mundial viejo no va a regresar”. Estas afirmaciones resumen la visión de que el mundo está entrando en un periodo de rivalidad entre grandes potencias donde las normas tradicionales ya no garantizan previsibilidad ni justicia. Además, lo dicho por Carney denuncia que los países poderosos o los grandes “hegemones” internacionales están usando la integración económica como arma, los aranceles como palanca y las cadenas de suministro como vulnerabilidades explotables.
Por su parte, Friedrich Merz (canciller de Alemania), abordó la transformación del orden mundial desde una perspectiva europea, combinando advertencias sobre riesgo geopolítico con la defensa de alianzas multilateralistas. En ese marco, Merz afirmó que “un mundo donde solo cuenta el poder es un lugar peligroso” y que “no estamos a merced de este nuevo orden mundial”, refiriéndose especialmente a la población europea. Similar al caso anterior, estas afirmaciones advierten que la ausencia de reglas claras y respeto por la soberanía pone en riesgo no solo a los Estados pequeños y medianos, sino también a los propios grandes países en una competencia de fuerza. Además, Merz enfatizó con estos dichos que Europa puede y debe moldear el futuro, reforzando su unidad, seguridad y competitividad como pilares para enfrentar las tensiones globales.
En definitiva, lo ocurrido en Davos no es un incidente aislado ni un simple choque diplomático: es la confirmación de que el tablero global se reacomoda y que las reglas viejas ya no bastan. Las advertencias de Carney y Merz muestran que la soberanía y la voz de cada país corren riesgo frente a las ambiciones de los más poderosos. Para América Latina y para países como el nuestro, la lección es sencilla y urgente: reforzar instituciones, articular posiciones regionales y no delegar el futuro a la buena voluntad de los más poderosos. Porque si permitimos que nos quiten voz en la mesa del nuevo orden, no solo perderemos espacios de decisión: perderemos la posibilidad de decidir nuestro propio destino.
✍🏻 𝗖𝗿𝗶𝘀𝘁𝗶𝗮𝗻 𝗥𝗮𝗺𝗼𝘀 𝗣𝗼𝗿𝘁𝗼𝗰𝗮𝗿𝗿𝗲𝗿𝗼. 𝗣𝗼𝗹𝗶𝘁𝗼𝗹𝗼𝗴𝗼 𝗱𝗲 𝗹𝗮 𝗙𝗮𝗰𝘂𝗹𝘁𝗮𝗱 𝗱𝗲 𝗖𝗶𝗲𝗻𝗰𝗶𝗮 𝗣𝗼𝗹𝗶́𝘁𝗶𝗰𝗮 𝘆 𝗚𝗼𝗯𝗶𝗲𝗿𝗻𝗼 𝗲𝗻 𝗹𝗮 𝗣𝗼𝗻𝘁𝗶𝗳𝗶𝗰𝗶𝗮 𝗨𝗻𝗶𝘃𝗲𝗿𝘀𝗶𝗱𝗮𝗱 𝗖𝗮𝘁𝗼́𝗹𝗶𝗰𝗮 𝗱𝗲𝗹 𝗣𝗲𝗿𝘂́ (X Ciclo), apasionado por investigar la calidad de la democracia, la democratización en América Latina en perspectiva comparada, relaciones internacionales, paradiplomacia, gestión pública, opinión pública, elecciones y gobiernos subnacionales en América Latina.




